Cédric Villani

reportaje

 

No es muy frecuente que un matemático se convierta en un personaje mediático. Sin embargo, entre los 2.800 expertos que acudirán esta semana al décimo congreso internacional de matemática aplicada que por primera vez se celebra en Madrid, hay un francés que no pasará desapercibido, nunca lo hace. Se llama Cédric Villani (Brive-la-Gaillarde, Francia, 1973), viste siempre como un baronet inglés y es uno de los poquísimos hombres que puede lucir el “premio Nobel de las matemáticas”: la medalla Fields, ganada en 2010 por sus trabajos sobre las teorías cinéticas de los gases y la teoría del transporte óptimo. Un galardón que la Unión Matemática Internacional desde 1936 otorga cada cuatro años a matemáticos brillantes de menos de 40 años y que, por cierto, hasta ahora no ha ganado ninguna mujer.

Hace pocos días Villani estuvo en la mayor feria de divulgación científica europea, ESOF, en Dinamarca. En su peculiar atuendo, con vistoso lazo-corbata blanco Lavallière y un muy llamativo broche en forma de araña (cuyo significado nunca quiso desvelar), nos demuestra una personalidad cálida y cercana. Y a pesar de su aspecto a la Oscar Wilde, parece sentirse cómodo con los medios del siglo XXI.

“La matemática”, explica, “es mi trabajo, por lo tanto define mi identidad. Existe la matemática abstracta, que es una representación del mundo en la que aplicamos los principios de la ciencia. Es decir, que todo el mundo puede aportar su contribución, que a priori siempre eres escéptico, que necesitas razonamiento lógico para progresar y finalmente que los resultados serán aceptados solo si los demás los aceptan. La práctica de la matemática en cambio es una actividad social, una especie de arte —especialmente cuando tenemos que adivinar hacia qué dirección investigar— y un trabajo colaborativo en el que viajas mucho e intercambias ideas”.

¿La matemática explica el mundo o solo es una forma de representarlo?

¡La matemática se construyó para explicar el mundo! En principio, lo explica todo, pero en la práctica lo hace solo en parte porque somos limitados y el mundo es sumamente complicado. Los modelos realísticos serían tan complejos que no podríamos gestionarlos. Así que hay que simplificar y el acuerdo con la realidad disminuye.

Pero, ¿la matemática no era la ciencia perfecta?

Es la ciencia más abstracta. En cuanto a la perfección… tiene un nivel de perfección que otras ciencias no tienen. Pero tiene limitaciones prácticas. Una cosa es la matemática en sí, otra cosa es cómo la desarrollamos. Nuestros cerebros y nuestras acciones no son perfectos. Así que necesitamos ciencias perfectas e imperfectas…

¿Qué hay que hacer para convertirse en un buen matemático?

Durante mi vida como matemático, he aprendido una cosa muy importante: ser muy bueno en esta disciplina es solo un ingrediente para ser un buen investigador. El resto cuenta también: tu curiosidad, tu interacción con las personas, tu capacidad de elegir el problema correcto. Puedes ser un buen matemático, pero si eliges el problema equivocado, no serás un buen investigador.

Después de su medalla Fields, se ha convertido en un misionero de la ciencia. ¿Cuál es la experiencia que ha vivido gracias a su fama que le ha impactado más?

Estuve involucrado en las elecciones para el nuevo alcalde de París [donde ha ganado la socialista Anne Hidalgo en marzo]. Fui presidente del comité de apoyo a su candidatura. Me han criticado muchos por esta decisión. Sin embargo, ha sido una experiencia muy interesante donde tuve la oportunidad de vivir desde dentro un proceso político muy tenso. También la publicación de mi novela, El teorema vivo, donde describo el proceso de investigación matemática, ha sido interesante. ¡Recibir centenares de comentarios de los lectores me ha impactado mucho! Imagínese lo importante que ha sido mi libro para ellos. Una vez una persona me dijo: su libro ha cambiado mi vida. A veces contar tu experiencia hace resonar mucho a las personas.

Le llaman el ‘Lady Gaga’ de los matemáticos.

Existen muchos tipos de matemáticos. Algunos parece que viven en otra dimensión, que flotan por encima de nuestro mundo. Otros son más sociables, tienen una red de contactos, están sumergidos en la sociedad. Yo intento ser así, hablar a las personas. Incluso me he formado para poderlo hacer utilizando un vocabulario que se pueda entender.

¿Qué le hace diferente?

¡No tengo idea! Hago lo que puedo para contestar a las expectativas y a las necesidades de la gente, intentando compartir lo que es importante para mi con los demás. Quizás tiene que ver con el hecho que soy una persona muy empática. Tal vez a veces demasiado, como cuando me preocupo de si podría hacer daño a alguien con mis acciones. Así que contesto a cada uno de los correos que recibo —excepto los de los locos— porque pienso que si no lo hago la persona se sentirá infeliz.

Usted mantiene una buena relación con los políticos. Está en el comité asesor de la Comisión Europea [formado por 15 miembros en 2013]. ¿Un matemático sería un buen asesor de cualquier político?

Creo que los matemáticos y los científicos en general deberían ser más valorados como asesores. Aunque a veces sean terribles, como pasó con el matemático Pierre-Simon Laplace que fue un pésimo ministro de Interior con Napoleón. Otras veces hacen un muy buen trabajo. En todo caso, los científicos estamos educados para solucionar problemas complicados. Y en política hay que solucionar problemas.  Sin embargo, para ser un buen asesor, tienes que buscar un compromiso entre la solución abstracta y la realidad concreta.

¿Algún ejemplo?

Estoy muy contento de ser director de un instituto [el Institute Henri Poincaré]. Allí he aprendido a gestionar a las personas y a tomar decisiones. En la investigación, si no encuentras una solución puedes esperar hasta meses o años. En la dirección de un centro, si esperas un mes para tomar una decisión a lo mejor tu instituto ya se ha muerto. Así tienes que decidir rápidamente, a veces en un día, o en el medio de una reunión. Hay que aprender a apreciar estos tiempos diferentes.

¿Qué más ha aprendido de esta experiencia?

Primero: para que un proyecto funcione o fracase la cosa más importante es la selección de las personas. Segundo: administrar requiere mucho tiempo. Para recoger dinero para un proyecto hay que hablar una y otra vez con los financiadores, con los políticos, con los periodistas. Es un proceso de adquisición de confianza, y requiere mucho tiempo. Nuestro mundo está basado en la confianza, por lo tanto hay que ganártela si quieres actuar en ello. Ser respetado por la comunidad científica y tener una visibilidad y un contacto con los políticos creo que es útil para este papel. Por eso acepté este reto. Además, hacerlo con 40 años tiene la ventaja que es más fácil volver a la investigación. Si eres más mayor es más difícil dar la marcha atrás. Mi filosofía personal es que si tienes la posibilidad, la oportunidad y la habilidad de entrar en un ambiente diferente, hay que aprovechar la ocasión para aprender cosas nuevas.

— Luca Tancredi Barone (Copenhague),

TOMADO DE

Materia, la web de noticias de ciencia

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